El detective despistado

El detective despistado

 Germán Cáceres

                       

                (Ediciones Maya, Buenos Aires, 2013 , 96 páginas)

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Ambientada en Buenos Aires y en la actualidad, El detective despistado es una novela  dirigida a los lectores jóvenes, pero que lee con avidez cualquier adulto. Al menos a mí me pasó. Quizás el hecho de conocer los lugares, las plazas, las calles, los ómnibus produjo esa identificación y empatía. El paso de la credibilidad estaba dado.

De allí en más, el desarrollo de la historia. Ignacio, su protagonista principal, es un joven que estudia historietas, luego de convencer a sus padres que querían para él otro tipo de profesión o actividad. Pero además, oficia de detective aficionado y en ese mettier, intenta resolver robos insólitos que parecen cometidos por fantasmas:  en principio no parece haber evidencias  que brinden pistas para su resolución. Entre ellos, un asalto a un banco importante.

   El descubrimiento de cadáveres ocultos en una casa, la  participación de dos médicos que intentan crear como Frankenstein una especie de robot humano, conforman la parte de terror y fantasía del tipo de  ciencia- ficción, género por el que el autor transitó con solvencia narrativa  en muchas de sus obras.

            Después del capítulo 13  de los 22 que componen la obra, el clima cambia. Ignacio debe asumir acciones peligrosas, pero en un ambiente más relajado: una mezcla de aventuras y romance, paseos en bicicleta con Melisa, su actual novia y con  Gloria, una amiga de ella, inteligente y culta. Con esta última surge una atracción que llevará a Ignacio  a decidirse por una de ellas.

La novela de Germán Cáceres-ilustrada por Maco Pacheco- tiene la virtud de traer a la memoria en este mundo de héroes y antihéroes, el rescate de  figuras clásicas: de Mandrake el mago, de Sherlock  Holmes, o  la existencia de los zombis, la hipnoterapia o grupos musicales como Los babasónicos, Pink Floyd , interactuando en la narración con teléfonos  Blackberry,   un perro rottweiler , la gata Frida, el Malba, o el monumento a Williams Morris. Con buen tino, el autor utiliza mesuradamente  el lenguaje coloquial y generacional  apropiado, ajustándose a las circunstancias.

 En suma: un libro entretenido, refrescante, de trama atrayente, altamente recomendable.

 

                                               Horacio Semeraro

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