(1946-2012)

Después de la emotiva despedida escrita por Mario Méndez en “La pena de la partida” (Página/12, 17.4.2012), es imposible no repetir la mayoría de los elogios que en esa nota se realizaron sobre la dimensión humana y literaria de Carlos Schlaen. 
Poseía un don especial para atrapar al lector y obligarlo a seguir hasta el final y sin interrupción sus espléndidas novelas. Como por arte de magia, daba sentido y verosimilitud a tramas complicadas que parecían no tener solución. Pero lo singular y poco común era que él con generosidad comunicaba a sus colegas escritores que esa suerte de compulsión la lograba utilizando técnicas del guión de historietas, y se ponía a explicarlas. También ilustraba sus propios libros con dibujos frescos, ágiles, de gran movimiento y espectaculares enfoques. Yo le aconsejé que tratara de hacer una historieta, pero él, con humildad y sensatez, me dijo que era demasiado trabajo.
Carlos no era sólo un notable escritor –de los mejores en el género-, sino, y por sobre todas las cosas, un gran tipo, como se dice: un fuera de serie. Su persona irradiaba alegría, y con su sonrisa contagiosa expresaba que la vida era un acontecimiento maravilloso que debía gozarse. Viéndolo, uno de golpe se ponía contento. 
Todas estas cosas se las comenté a Mónica, su esposa, y ella con suma tristeza me respondió: “¡Se nos fue rápido!”. Pero Carlos sigue con nosotros, continúa presente en sus magníficos libros, en los tiernos recuerdos de los alumnos que lo escucharon, en el ejemplo de profesionalismo y de integridad que brindó a todos los que lo conocimos. Se trata de uno de esos fogonazos que aparecen de vez en cuando y nunca se apagan.

Germán Cáceres

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